El pasado 9 de febrero, Bukele militarizó el parlamento. Días antes, llamó a la insurrección del pueblo haciendo uso del artículo 87 de la Constitución que da la potestad al pueblo de insurreccionarse cuando el orden constitucional se ha interrumpido. Estas acciones marcan un hito en la historia contemporánea del país, desde los Acuerdos de Paz ningún gobierno había hecho uso de la fuerza para conseguir reformas o préstamos para financiar políticas.

Ingrid Escamilla era una joven de 25 años, originaria de Juan Galindo, Puebla. Tenía una maestría en administración de empresas turísticas que estudió en la BUAP. Algunos de sus amigos la recuerdan como una mujer sociable, alegre y con sueños; una joven que le gustaba viajar, la música de Luis Miguel, Belanova y los Auténticos Decadentes; también le gustaban los videojuegos, las mascotas, Harry Potter y las frases de la película francesa Amelie. Su asesinato ha conmocionado al país, la forma en que le arrebataron la vida, para posteriormente desollarla e intentar desaparecer su cuerpo, desde un departamento de la alcaldía Gustavo A. Madero de la Ciudad de México, parecerían escenas de una película de horror, pero fueron vistas en directo por el hijo autista del asesino, de tan sólo 15 años de edad. Ingrid no debió morir, nadie merece morir así. Este repugnante caso y la ola de feminicidios que no cesan en el país, es un síntoma de un sistema enfermo, que no tiene curación y que debe ser exterminado para que esto no ocurra nunca más.

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