En los últimos días, los acontecimientos en Burkina Faso se han transformado vertiginosamente. A sólo unas semanas de celebrar elecciones presidenciales, el ala más reaccionaria del régimen, el Regimiento de Seguridad Presidencial (RSP), derrocó al gobierno de transición con un golpe de Estado. El supuesto período de transición que vivía el país ha quedado interrumpido y ha dejado al régimen sumido en un verdadero caos.

La reaparición de la violencia brutal contra los inmigrantes africanos, principalmente en algunas partes de Sudáfrica en la última semana, ha vuelto a destacar como centro de atención el empeoramiento de la situación que está desarrollándose en el país. Estos ataques reaccionarios van contra toda la esencia de la historia del movimiento obrero sudafricano, que nació principalmente de la necesidad de combatir este tipo de violencia y discriminación racista y xenófoba, para unir a todas las capas oprimidas de la sociedad bajo el paraguas de la solidaridad obrera.

Las aguas no están todavía calmadas después de la tormenta con la que ha comenzado el curso parlamentario este año. Los sucesos del 12 de febrero y los días que siguieron han sumergido a Sudáfrica en un ciclón político que refleja en última instancia la crisis que sufre el sistema capitalista.

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