Hoy es siempre todavía

Publicamos, con permiso del autor, este texto del comunista cubano Léster Pro acerca de las contradicciones a las que se enfrenta la revolución cubana. Creemos que las reflexiones que hace merecen la máxima difusión.

FUENTE ORIGINAL


Hace tiempo quería hacer este comentario-aldabonazo, pero estaba viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos. Todavía estamos a tiempo.

Todo el mundo se queja de la crisis económica en Cuba, pero pocos analizan los porqués. ¿Qué más da?, si saber por qué la flauta de pan está a $120 no va a hacer que baje… o eso creen.

Lo cierto es que la goma de la economía nacional está atascada en un fango complicado y el carro no camina. El carro de las mayorías. Porque el otro, el del 1%, avanza feliz a todo dar.

Mirémoslo como un cuento:

Érase una vez un país subdesarrollado que, luego de superar una profunda crisis de 15 años, llevaba su crecimiento económico a buen ritmo. El terrible Período Especial, la mayoría nos acordamos bien de él. De un día para otro nos vimos friendo los huevos en hojas de plátano y lavando ropa con maguey.

Entonces existía un Estado Papá, que siendo pobre repartía lo que tenía, y que siendo menos pobre, también.

Pero hacía falta avanzar más y más rápido. Y un día le cambiaron el nombre a los estímulos morales al trabajador, que defendió el Che, y les llamaron “gratuidades indebidas”.

Y otro, la frase “Sin azúcar no hay país” dejó de tener sentido.

Y otro, las tiendas vendieron productos a ocho veces su precio.

Y otro, llenaron las escuelas de teleclases en piloto automático y valientes sin preparación pedagógica.

Y otro, un ministro dijo que el mercado se regulaba solo, en televisión nacional.

Y los directores se empezaron a llamar “gerentes”, y ya no se desvelan: ahora facturan.

Procesos paralelos.

La economía creció y mejoró la cosa, levantó su cerveza y sonrió, pero no vió lo que crecía en los cimientos.

Cuando llegó Irma, ya la grieta estaba allí. Su nombre: lucha de clases.

El huracán sopló miles de millones de sudor y lágrimas hacia el mar. Catastrófico.

Y vino otro, y otro más. Y llegó Trump (coño e’ su madre) con sus 243 medidas. Y la apocalíptica pandemia, que traía una crisis mundial que nadie podía calcular. Y la guerra en Ucrania, que desestabiliza mercados y suministros.

Y entonces decidió nacer la Tarea Ordenamiento.

Postergado su alumbramiento durante 10 años, ya no daba más, había que parir.

Ella traía las mejores intenciones, estaba bien hecha… pero incompleta. Le faltaba una pieza que conectara su grandeza con sus propios pies, y un antídoto contra la falta de divisas.

El resultado fue una terapia de choque, inevitable y cruda.

Se desataron a las empresas para que hicieran sus negocios. Le llamaron a eso autogestión. Autogestión de los gerentes, puesto que los trabajadores nada tienen que opinar, cuando una empresa decide inflar sus precios, derrochan indecentes cantidades de dinero en eventos, alojar sus directivos en hoteles, muebles de oficina, café de la chopi y llantas nuevas para el carro. O cuando pagan mil pesos a un contratista privado por clavar una puntilla sin licitación.

Y entonces el capitalismo, que por más de medio siglo esperó para meterse, se metió, bajo una piel de oveja llamada Mipyme.

Invirtió cuatro pesos en bares, restaurantes y hostales, administrados por personas con los vínculos y amiguitos correctos que envían por el Estrecho de La Florida las riquezas extraídas de cubanos bolsillos, mientras deja unas migajas en la mesa.

Pero bajo la alfombra donde nadie mira, la grieta crece. Las clases sociales luchan, pero no se escuchan las armas.

Cada vez que un anciano se queja de que su antigua placita socialista ahora vende un particular demasiado caro, suenan esas espadas.

Cuando ese mismo anciano debe hacer colas durante horas porque un burócrata no pudo o no quiso idear la forma de aliviarlas, cuando su nieto no alcanza matrícula en un Círculo Infantil, cuando debe comprar miles de pesos en regalos para un médico corrupto, cuando se levanta una mansión para algún jerarca pero no hay cemento para arreglar su vieja casa, cuando su hija desfallece por las largas jornadas de trabajo con el particular, cuando debe gastar su jubilación en medicamentos por la calle porque en la farmacia no hay, suenan y suenan.

Hay una crisis mundial. La inflación destruye hogares a lo largo y ancho de la Tierra y el Bloqueo esta de puya.

Pero en Cuba el pan de cuatro pesos ahora vale 120. Eso es 30 veces más. La carne de cerdo y el huevo subieron 25 veces. Y los salarios solo aumentaron en 5. Una megainflación brutal.

Porque ese pan de $120 ahora lo fabrica un particular, y le pone el precio que quiera. Sólo le importa SU ganancia a cualquier costo.

Porque ahora el pan de $5 estatal solo se vende una vez al mes, ya que no hay suficiente harina de trigo, pero la galleta y el pan particular carísimos no faltan.

Porque el motonetero quiere ganar más y sólo se mueve alquilado.

Porque el campesino con nueva mentalidad y sin contrato con un Acopio ya fantasmal, ahora no necesita sembrar una caballería de cultivos varios si puede ganar bastante con dos hectáreas de pimiento.

Porque la reventa de productos de las tiendas ahora es legal.

Porque hay miles de familias que aún no tienen libreta de abastecimiento.

Porque una empresa estatal sin supervisión decidió competir en precios con el privado y vende la cajita pequeña de jugo a $150 y el café a $180

Porque una comercializadora decidió gastar los escasos dólares del país en muebles, jacuzzis y jamón ibérico que fenecen en las tiendas en MLC… junto a cientos de artículos inútiles que casi nadie compra.

Porque donde se va retirando el Estado llega el privado con sus leyes y sus precios más salvajes que el peor neoliberalismo latinoamericano.

Porque Stolypin nos está enseñando a construir castillos en el aire.

Porque Marx ya no está en ese logotipo.

Porque la banda municipal sólo toca en la glorieta del Parque cuando hay visita.


Publicado originalmente en Facebook, 19 de marzo, 2023

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